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14 sept 2020

Mensaje con instrucciones...


...para acompañar al Dr. Livingstone en su búsqueda de las Fuentes del Nilo. ¿Qué me dices, te apuntas?

Brendon Burton


"Y poco después, Ackronnion volvió a cantar en el palacio selvático de la Reina de los Bosques, no sin antes haberse bebido las lágrimas de su cuenco de ágata. Y fue una noche de fiesta, y toda la corte se congregó allí, y los embajadores del país del mito y la leyenda, e incluso algunos procedentes de Terra Cognita. Y Ackronnion cantó como nunca lo había hecho antes y ya no volverá a hacerlo. ¡Oh, cuán espinosas son las sendas de los humanos, cuán crueles sus contados días y su aflicción final, cuán vano su empeño! Y de la mujer... ¿qué diremos?... su perdición ha sido escrita junto a la del hombre por dioses apáticos, negligentes, con sus rostros vueltos a otras esferas. 

Comenzó más o menos así y luego la inspiración le embargó. No me es posible poner por escrito la conflictiva belleza de su canción: había en ella mucha alegría, mezclada con dolor; era como las vidas de los humanos; como nuestro destino. La canción provocó sollozos, los suspiros volvían en forma de ecos: los senescales y los soldados sollozaban y las doncellas gritaban; las lágrimas caían como lluvia de balcón en balcón. Alrededor de la Reina de los Bosques había un frenesí de sollozos y pesares. 

Mas no, ella no lloró." 

Lord Dunsany (1878-1957)


17 ene 2020

La forja del Espíritu



Lo realmente importante en la vida no es conseguir tu objetivo, sino el camino que recorres hasta él.

Os voy a contar una historia...

El Cairo, 2009

Érase una vez, en un tórrido verano, un grupo de ruidosos turistas (entre los que yo me encontraba) se adentraban a toda prisa en la supuesta cámara del rey de la pirámide de Kefrén. Los turistas se hacían fotos junto al sarcófago mientras sus caras relucían de sudor y enrojecían por el asfixiante calor.

Yo iba solo. Me quedé fuera admirando la inscripción de la foto, recordando al héroe que la acuñó y la fascinante historia de su vida y la de su compañera vital.
De repente, una chica rubia, bastante guapa, pareció darse cuenta de mi extraño trance y disparó: "qué estás mirando tan fijamente?".

Y le conté la historia de Belzoni y Sarah Banne.

Giovanni Battista Belzoni nació en Padua, en el año 1778. En 1798 Napoleón acababa de entrar en Roma y Belzoni antes de ser encarcelado por ser hostil a los planes del nuevo emperador, consigue, gracias a unos amigos, huir hasta Inglaterra.
Por su gran corpulencia y estatura (casi 2 metros) comenzó una curuiosa carrera como forzudo de circo, lo que le llevaría a viajar extensamente y a conocer muchos lugares diferentes.
Pero un día conoció a una mujer, pequeña en estatura, de ojos vivarachos e inteligentes. Ella era aficionada al trapecio.

El moderno Sansón (le llamaban el Gigante de Padua) y la trapecista se enamoraron y se plantearon una nueva vida. Al mismo tiempo que trabajaba en el circo por las noches, Belzoni fue adquiriendo conocimientos de mecánica y de hidráulica. Hábil en el diseño de nuevas máquinas, no tardó en descubrir su vocación inicial. Inventó y construyó una rueda hidráulica mecánica capaz de multiplicar el trabajo de varios hombres.
En 1815, Belzoni conoció al cónsul británico en Egipto Henry Salt. No tardaron en apalabrar el primer trabajo para Belzzoni: trasladar al Museo Británico una cabeza de Ramsés II de más de 10 toneladas que hasta entonces nadie había podido mover. Tras múltiples peripecias, Belzoni logró su objetivo y más contratos de Henry Salt.

De esta manera, Belzoni y Sarah recorrieron Egipto a lo largo y ancho del país en busca de tesoros que hoy en día forman gran parte de la colección egipcia del Museo Británico. En el ínterin ocurrió algo: Belzoni se enamoró de Egipto.

Uno de los encargos de Belzoni fue descubrir la entrada del famoso templo de Abu Simbel. Imaginaos la estampa cuando Belzoni vio el magnífico Templo semienterrado en la arena y las cabezas de los cuatro colosos que representan a Ramses II apenas visibles.
Belzoni fracasó en innumerables intentos por descubrir la escondida puerta de entrada al Templo. Además, se dio cuenta de que Henry Salt era un mero comerciante. No amaba Egito. No lo sentía....su objetivo nunca fue conocer Egipto, sino acumular riqueza con sus maravillas.
Pensó en abandonar,
Una noche, sentado sobre una duna, hizo partícipe a Sarah de su decisión. Pero ella no era una mujer cualquiera.

Mientras Belzoni era hechizado por la belleza del Nilo y el poder de los antiguos faraones, Sarah Banne documentó las vidas de las mujeres locales, hasta que finalmente publicó Mrs. Belzoni's trifling account of the women of Egypt, Nubia, and Syria como parte de la obra de su esposo Narrative of the Operations and Recent Discoveries.

Belzoni y Sarah volaron juntos y cada uno enseñó al otro cómo elevarse más alto...la magia, a veces, existe.

Sarah le dijo a Belzoni que su trabajo y su pasión por Egipto serían recordados por la Historia. Que su ejemplo inspiraría a otros...que la victoria está en el camino más que en el propio objetivo.

Cuenta la leyenda (¿o no tan leyenda?) que esa noche sopló un Siroco tan fuerte que obligó a bestias y hombres a refugiarse en sus tiendas.
A la mañana siguiente, Belzoni lloró de emoción al observar la entrada al Templo que había sido dejada al descubierto por el molesto viento.

Sí. Belzoni descubrió la entrada al majestuoso Abu Simbel.

En 1818, el singular Belzoni también descubrió la entrada a la pirámide de Kefren y dejó el curioso grafiti que veis en la fotografía sobre el dintel de la puerta de entrada.

En todo eso pensaba yo aquel día. En la perseverancia. En seguir tu pasión. En no rendirte. En la enorme fortuna que supone conocer a un alma complementaria...y en que la verdadera victoria está en la lucha más que en el propio triunfo final.

Es la lucha la que forja tu espíritu. La consecución de tu objetivo es un premio que no depende de ti.

Pero dime, si crees en tu causa, aún a sabiendas de que es causa perdida... ¿cambiarías de bando?

Fotografía y texto íntegro de Mizraim Akhenatón





22 jul 2015

La niña del faro


Conjunción Venus-Júpiter del pasado 1 de julio

Cuéntame un cuento, Pew

¿Qué clase de cuento, pequeña?
Uno con final feliz.
En el mundo eso no existe.
¿Un final feliz?
No, un final.

"La niña del faro"
Jeanette Winterson

Patrick Watson. Ligthhouse

Dedicado a Itxaro, otra apasionada de los mágicos faros, con todo mi cariño.

21 dic 2014

Un cuento para el solsticio...

Anne Julie Aubry


En un remoto país perdido entre árboles y brumas, en un tiempo que no era tiempo, cuando el mundo era aún un inmenso jardín sin estrenar, vivían unos seres etéreos y diminutos, pequeños como un pulgar, de piel suave y rosada y rostro delicado como el de un querubín. Tenían en su espalda unas alas volátiles y transparentes tan livianas que parecían de tul. Con ellas se desplazaban jugueteando entre las ramas de los arbustos, mientras transportaban a sus respectivas cuevas las semillas y bayas que les servían de alimento.

Durante la estación calurosa, cuando el bosquecillo en que vivían se cubría de una alfombra de flores y los días eran más luminosos e intensos estos seres diminutos eran especialmente felices. Era la época de la alegría y la abundancia, en la que nacían la mayoría de los bebés y también la de los juegos despreocupados y los baños en el riachuelo cercano, con gran alboroto de los jóvenes que allí descubrían por primera vez el amor.

Por eso, cuando llegaban las primeras lluvias y los días se iban acortando, nuestros diminutos amigos comenzaban a sentirse un poco tristes y alicaídos. En la estación fría, la vida cambiaba para ellos. Como dejaban de percibir el calor del sol en su piel y la luz se escapaba tan pronto entre las ramas, sabían que era el momento de abandonar sus diversiones y sus juegos y de retirarse a sus guaridas para intentar aislarse de las tormentas, las bajas temperaturas y la nieve. Era una estación larga y solitaria, muy dura para unos seres tan pequeños para quienes lo más placentero era pasar el día al aire libre recibiendo la caricia de los rayos del sol.

Una de las que peor llevaba el invernal encierro era la joven Mirra. Tal vez por su juventud, o porque su temperamento era más nervioso, no podía parar quieta en su cueva. Todos los días, a pesar del frío, salía envuelta en hojas secas al exterior intentando adueñarse del tibio resplandor del sol mientras en su pensamiento le suplicaba al astro rey que en esa ocasión se quedara un poco más para que la noche no fuera tan larga. Y así, jornada tras jornada, la joven se asomaba al bosquecillo con la esperanza de que la luz no se le escapara tan pronto por el horizonte. Hasta que un día, una tarde, se dio cuenta de que sus anhelos empezaban a hacerse realidad. ¡El sol había empezado a retrasar su partida! La noche ya no sería tan larga. En ese combate que la pequeña Mirra imaginaba entre las tinieblas y la luz, esta tímidamente comenzaba a ganar la partida.

Y Mirra se puso muy contenta. Empezó a cantar y a bailar, olvidándose casi del frío y de la nieve, mientras corría guarida por guarida dando la buena nueva a todos los que como ella deseaban la llegada de la luz.

Entonces estos seres diminutos hicieron una gran fiesta. El motivo no era para menos: la luz estaba venciendo. Las tinieblas se retiraban y daban paso al sol. Para animarle, encendieron fuegos, prendieron pequeñas teas de los arbustos y adornaron con guirnaldas de acebo y hojas secas sus moradas. ¡Que la luz llamara a la luz! Sacaron lo mejor de sus provisiones para compartir un rico festín y pasaron la noche entre canciones, bromas y bailes. No importaba el frío, la nieve era hermosa esa madrugada. Los pequeños seres alados estaban tan felices como cuando las flores crecen por el prado y los frutos cuelgan de las ramas. Lo estaban tanto que, para demostrarse su cariño y la amistad que los unía, empezaron a hacerse pequeños presentes, regalos sencillos que se entregaban unos a otros ilusionados y cuyos primeros destinatarios, como suele suceder, fueron los niños, auténticos protagonistas de los festejos con sus juegos y sus risas, que hacían que los adultos por unas horas tuvieran su mismo espíritu infantil.

Así cada año, cuando en el eterno retornar de las estaciones el sol inicia su anual victoria en el solsticio, los seres humanos también celebramos de algún modo nuestra alegría vistiendo de luces la noche oscura y, a la manera de la pequeña Mirra, festejamos en medio del invierno el nacimiento de una nueva luz que nos recuerda que tras las tinieblas siempre renace la esperanza.

Del blog "Universo de miradas"

Loreena McKennitt - In The Bleak Midwinter