Tu elegía, Granada, la dicen las estrellas Que horadan desde el cielo tu negro corazón. La dice el horizonte perdido de tu vega, La repite solemne la yedra que se entrega A la muda caricia del viejo Torreón.
Estas estrofas pertenecen a un poema de Eduardo Marquina. Es de principios del siglo XX y se le conoció por sus obras de teatro, que le dieron fama y dinero. Sin embargo, comenzó escribiendo poesía que, inexplicablemente, ha pasado muy desapercibida. Aún así, tiene alguna perlita escondida. Él llamaba a su obra Teatro poético...
Y como acompañamiento para degustar la poesía de Marquina, la versión de un clásico en la dirección de uno de mis directores de orquesta favoritos.
Alta en el cielo, va la luna de Primavera,
Pienso en ti y dentro de mí estás entera.
Aquí viene, por las grandes praderas, corriendo hacia mí, la leve brisa.
Pienso en ti, murmuro tu nombre; y no me siento yo: estoy feliz.
Mañana vendrás, irás conmigo a recoger flores en la pradera.
Y yo iré contigo por las praderas para verte recoger las flores.
Te veré mañana recolectando flores conmigo en las praderas,
Pues cuando vengas mañana y caminemos juntos por la pradera,
recogiendo las flores,
Se hará para mi la claridad y la verdad.
Mientras la Noche en la sombra solemne invierte los polos, Y la reflexión pausada suaviza el alma pensativa; Mientras la Razón imperturbable afirma su balanceo, Y los colores engañosos de la vida se desvanecen:
Hacia ti, presencia omnisciente, Dedico este pensamiento moderado, Aquí recluyo mis mejores facultades, Y me vuelvo tuya en esta hora de sagrado silencio.
Si las ilusorias escenas del día me engañan, Y mi alma errante se aparta del sendero: Si por engaño o deseo, ilusa, ante la pasión cedo, Si yerro encantada por un vértigo impostor, Mis pensamientos más tranquilos te reclaman, Y toda mi esperanza se disuelve en tu amor.
Apenas la caricia de tu mano.
Mi piel es de cristal cuando me tocas.
¿Qué apaciguada luz, qué temblor hecho brasa
se deslíe en mis ojos si me miras?
¿Dónde hiere tu risa y por qué hiere
si con ella me abres la mañana del mundo?
Tu existir me hace un dios y tú me creas.
No hay mayor claridad ni otro misterio.
En ti me he silenciado... El corazón del mundo está en tus ojos, que se vuelan mirándome.
No quiero levantarme de tu frente fecunda en donde acuesto el sueño de seguirme en tu alma.
Casi me siento niña de amor que llega hasta los pájaros. Me voy muriendo en mis años de angustia para quedar en ti como corola recién en brote al sol...
No hay una sola brisa que no sepa mi sombra ni camino que no alargue mi canción hasta el cielo.
¡Canción silenciada de plenitud! En ti me he silenciado...
La hora más sencilla para amarte es ésta en que voy por la vida dolida del alba.
Como quien bajo un árbol se guarece de la lluvia. Y se cala. Y así la lluvia entra lloviendo en el paisaje de su espíritu y hace su carne lo existente: el mundo. Luego, al lucir del sol, su pensamiento en íntimo arco iris lo deslumbra más poderoso que la luz de fuera, y translúcido siente que le acosa la realidad y la pasión, la vida.
Y él es feliz, pues sabe que aquel orbe en la movilidad del tiempo esquivo jamás enfriará la luz de invierno.
A comenzar el día,
pronóstico del sol, naces, Aurora,
de su venida bella embajadora,
que a decirla te envía,
y en montes la pregonas con reflejos,
remendando a pedazos los más lejos;
procurando que el prado
prevenga al colorín, pensil alado,
chirimía de pluma de la selva,
las bugetas de olores
que duermen yerbas y recuerdan flores;
al músico arroyuelo sonoroso,
del puro hacer gargantas espumoso,
que cantando y volando se dilata,
músico de cristal, ave de plata;
y, al punto, el sol renuncia el horizonte
porque se iguale el llano con el monte,
y extiende, por teñir la negra sombra,
alcatifas de luz, bordada alfombra.
Como libros leídos han pasado los años
que van quedando lejos, ya sin razón de ser
—obras de otro momento.
Y el ansia de llorar
y el roce de la sábana, que me tenía inquieto
en las odiosas noches de verano,
el lujo de impaciencia y el don de la elegía
y el don de disciplina aplicada al ensueño,
mi fe en la gran historia...
Soldado de la guerra perdida de la vida,
mataron mi caballo, casi no lo recuerdo.
Hasta que me estremece
un ramalazo de sensualidad.
Estoy escuchando los Nocturnos de Chopin y he recordado este libro que leí hace...ufff, pues cuando lo publicaron. Confieso que fue una gran sorpresa para mí, puesto que fue el primer libro de La Sonrisa Vertical que leí (siendo una adolescente). Me sedujo, ya que, embriagada por el devenir de las páginas, lo leía con la música de Chopin de fondo y mi imaginación se inflamaba... (como decía Mayra Gómez Kemp: "hasta aquí puedo leer").
Hoy día, reconozco que no puedo elegir una de sus creaciones como pieza favorita de forma atemporal...últimamente me quedo con este maravilloso Nocturne nº 20 in C-Sharp menor, la op. Posth. Dejo también el Nocturno en si bemol op. 9 número 1 a la que hace referencia este delicioso trocito.
"Ritual de la rosa
Nocturno en si bemol opus 9 número 1
Los dedos deberían acariciar con suavidad, apenas el roce de los extremos, como de puntillas, sin brusquedades, las muñecas flexibles, las palmas ahuecadas: transformar entonces esa caricia, imperceptiblemente, en cuatro breves toques; al repetir, con ligereza, jugar sobre el mismo punto, cosquilleando casi, hasta terminar en el remanso de blanca. La otra mano, la izquierda, apenas se mueve: palpa y traza círculos sobre la superficie en un lentísimo masaje, casi levitando, como si quisiera percibir el calor de una piel sin llegar a tocarla o distinguir las palabras recibiendo en los dedos el aliento que las produce. Esa mano no debe variar, forma el dulce tejido que envuelve el cuerpo, crea la figura. La figura."
Luna de los ensueños, sobre la tarde lila.
Tu oro viejo difunde morosa enfermedad,
Cuando en un solitario confín de mar tranquila,
Sondeas como lúgubre garza la eternidad.
En tu mística nieve baña sus pies María,
Tu disco reproduce la mueca de Arlequín,
Crimen y amor componen la hez de tu poesía
Embriagadora y pálida como el vino del Rhin.
Leopoldo Lugones
Manuel de Falla: Nocturno (1896)
Nota:Quiero agradecer a Jorge su generosidad al dejarme compartir su dibujo. En él se conjugan, de forma utópica e hipnótica, dos de los hilos que salen de mi piel: la Luna y los columpios, donde, aún hoy, encuentro refugio y paz para sentir.