Hacia el final la verdad de los otros era falsedad para mí; la justicia de los otros, injusticia para mí; sus razones para morir, mis razones para vivir; sus razones para vivir, mis razones para morir; habría matado a los que ellos habrían salvado, y salvado a los que ellos habrían matado. Y comprendí que un dios, si viniera a la tierra, tendría que obrar de acuerdo con lo que viera y pensara, y que no podría vivir en este mundo de hombres y moverse entre ellos sin choques continuos. El polvo es para arrastrarse, el cielo para volar... Por eso, oh alma con alas crecidas, remóntate hasta el sol. Edgar Lee Master