9 jun 2014

Un directo a la barbilla...

Mía eres. Pero otro
es aparentemente tu dueño. Por eso,
cuando digo tu nombre,
algo oculto se agita en mi alma.
Tu nombre suave, apenas pasado delicadamente por mi
labio.
Pasa, se detiene, en el borde un instante se queda,
y luego vuela ligero, ¿quién lo creyera?: hecho puro
sonido.
Me duele tu nombre como tu misma dolorosa carne en
mis labios.
No sé si él emerge de mi pecho. Allí estaba
dormido, celeste, acaso luminoso. Recorría mi sangre
su sabido dominio, pero llegaba un instante
en que pasaba por la secreta yema donde tú residías,
secreto nombre, nunca sabido, por nadie aprendido,
doradamente quieto, cubierto sólo, sin ruido, por mi leve
sangre.
Ella luego te traía a mis labios. Mi sangre pasaba
con su luz todavía por mi boca. Y yo entonces estaba
hablando con alguien
y arribaba el momento en que tu nombre con mi sangre
pasaba por mi labio.
Un instante mi labio, por virtud de su sangre sabía
a ti, y se ponía dorado, luminoso: brillaba de tu sabor
sin que nadie lo viera.
Oh, cuán dulce era callar entonces, un momento. Tu
nombre.
¿decirlo? ¿Dejarlo que brillara, secreto, revelado a los otros?
Oh, callarlo, más secretamente que nunca, tenerlo en la
boca, sentirlo
continuo, dulce, lento, sensible sobre la lengua y luego,
cerrado los ojos,
dejarlo pasar al pecho
de nuevo, en su paz querida, en la visita callada
que se alberga, se aposenta y delicadamente se efunde.


Hoy tu nombre está aquí. No decirlo, no decirlo jamás,
como un beso
que nadie daría, como nadie daría los labios a otro amor
sino al suyo.

Vicente Aleixandre

16 may 2014

Me dueles...


Me dueles. 
Mansamente, insoportablemente, me dueles. 
Toma mi cabeza, córtame el cuello. 
Nada queda de mí después de este amor. 
Entre los escombros de mi alma búscame, 
Escúchame. 
En algún sitio mi voz, sobreviviente, llama, 
Pide tu asombro, 
Tu iluminado silencio. 
Atravesando muros, atmósferas, edades, 
Tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto) 
Viene desde la muerte, desde antes 
Del primer día que despertara al mundo. 
¡Qué claridad tu rostro, qué ternura 
De luz ensimismada, 
Qué dibujo de miel sobre hojas de agua! 
Amo tus ojos, amo, amo tus ojos. 
Soy como el hijo de tus ojos, 
Como una gota de tus ojos soy. 
Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme, 
Del suelo, de la sombra que pisas, 
Del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños. 
Levántame. Porque he caído de tus manos 
Y quiero vivir, vivir, vivir. 


Jaime Sabines