22 jun 2014

Ave Fénix

Soy el último en tu camino la última primavera y última nieve la última lucha para no morir. Y henos aquí más abajo y más arriba que nunca. De todo hay en nuestra hoguera Piñas de pino y sarmientos Y flores más fuertes que el agua Hay barro y rocío La llama bajo nuestro pie la llama nos corona A nuestros pies insectos pájaros hombres Van a escaparse Los que vuelan van a posarse. El cielo está claro la tierra en sombra Pero el humo sube al cielo El cielo ha perdido su fuego. La llama quedó en la tierra. La llama es el nimbo del corazón Y todas las ramas de la sangre Canta nuestro mismo aire Disipa la niebla de nuestro invierno Hórrida y nocturna se encendió la pena Floreció la ceniza en gozo y hermosura Volvemos la espalda al ocaso Todo es color de aurora.


Paul Eluard





Roman Fedosenko


9 jun 2014

Nada como un baño relajante...

...para limpiar de nuestra piel y nuestra alma todo lo malo que se nos haya ido adhiriendo durante la jornada....


Una letanía para acoger, abrigar y cicatrizar...

Nina simone-He´s got the whole world

Un directo a la barbilla...

Mía eres. Pero otro
es aparentemente tu dueño. Por eso,
cuando digo tu nombre,
algo oculto se agita en mi alma.
Tu nombre suave, apenas pasado delicadamente por mi
labio.
Pasa, se detiene, en el borde un instante se queda,
y luego vuela ligero, ¿quién lo creyera?: hecho puro
sonido.
Me duele tu nombre como tu misma dolorosa carne en
mis labios.
No sé si él emerge de mi pecho. Allí estaba
dormido, celeste, acaso luminoso. Recorría mi sangre
su sabido dominio, pero llegaba un instante
en que pasaba por la secreta yema donde tú residías,
secreto nombre, nunca sabido, por nadie aprendido,
doradamente quieto, cubierto sólo, sin ruido, por mi leve
sangre.
Ella luego te traía a mis labios. Mi sangre pasaba
con su luz todavía por mi boca. Y yo entonces estaba
hablando con alguien
y arribaba el momento en que tu nombre con mi sangre
pasaba por mi labio.
Un instante mi labio, por virtud de su sangre sabía
a ti, y se ponía dorado, luminoso: brillaba de tu sabor
sin que nadie lo viera.
Oh, cuán dulce era callar entonces, un momento. Tu
nombre.
¿decirlo? ¿Dejarlo que brillara, secreto, revelado a los otros?
Oh, callarlo, más secretamente que nunca, tenerlo en la
boca, sentirlo
continuo, dulce, lento, sensible sobre la lengua y luego,
cerrado los ojos,
dejarlo pasar al pecho
de nuevo, en su paz querida, en la visita callada
que se alberga, se aposenta y delicadamente se efunde.


Hoy tu nombre está aquí. No decirlo, no decirlo jamás,
como un beso
que nadie daría, como nadie daría los labios a otro amor
sino al suyo.

Vicente Aleixandre